Los procesos y los sujetos creen que crean

O lo que es lo mismo, quítate tú para ponerme yo

Por Francisco Mata Rosas

El conocer los procesos creativos de cada disciplina artística es fundamental como parte de nuestra formación académica, el conocer las experiencias y el desarrollo particular de distintos artistas nos ayuda a tratar de definir nuestro propio proceso. Entender cómo se da la relación entre el objeto, la idea, el objetivo y el acto artístico, define nuestra relación con la producción visual.

Escuchar cómo se da este camino en las diferentes disciplinas no hace sino confirmar que en general el proceso es el mismo, un camino lleno de dudas y de preguntas por responder:
¿A quién me dirijo?
¿Qué es lo que estoy expresando?
¿Utilizo la herramienta adecuada?
¿Cuál es el margen de lectura que dejo en manos del espectador?
¿Tengo claras mis ideas?
¿Es justo trasladar mis dudas al otro?

Sin duda alguna leer sobre la teoría e historia del arte siempre es un camino, pero el formato de Seminario con invitados que comparten su historia, sus dudas, sus procesos y sus satisfacciones, es la segunda arista del triángulo, la tercera sería que estamos construyendo la propia.

En base a estas reflexiones me pregunto si existe un sólo acto fotográfico, si este es inherente al estilo personal, si lo transforma el fotografiado y el entorno, si las herramientas de que se dispone –la tecnología pues– es factor determinante en la concepción de las ideas y del acto fotográfico mismo.

Que el proceso creativo es misterioso podría ser una primera conclusión del Seminario y de estas líneas, no responde a reglas y sin duda es determinado y determinante en cada proyecto, en cada sujeto fotografiado, cada tema parece exigir una reflexión particular.

Me gustaría referirme al tema del autorretrato y por lo tanto del retrato, de la fotografía como pretexto para tratar de reconocerse en el otro, el yo depositado en el exterior, las dos caras del bruñido espejo.

La necesidad de reconocernos, la obligación de distinguirnos de los demás y sobre todo de reafirmar nuestra identidad, es un atributo que durante siglos se le concedió al espejo. En la actualidad esta función de reconocimiento se le otorga a la fotografía, a la digital en particular, cada vez que nos fotografiamos –ya sea en un autorretrato tradicional o en el ahora llamado “my space shoot”– estamos agregando un ladrillo más a la construcción de quiénes somos, nos reconocemos en la fotografía, ahí estamos, pretendemos ser quienes se parecen a nosotros en la imagen, pero es inevitable preguntarnos ¿en realidad ese soy yo?

La pregunta pertinente antes de contestar la anterior sería ¿alguien sabe realmente quién es? Al fotografiarnos actuamos, jugamos un rol y pretendemos un personaje, mostramos lo que queremos mostrar pero sobre todo ocultamos, disimulamos, engañamos, tergiversamos la visión que tenemos de nosotros mismos; el otro, el espectador, no importa, el nunca sabrá tampoco quiénes somos realmente, él es parte del juego, es parte de la simulación, su papel en esta puesta en escena es creernos, es decir ese eres tú, sin preguntarse siquiera, ¿lo conozco en verdad?

Buscamos huellas en la fotografía que nos ayuden a no naufragar en un mar de incertidumbre, buscamos afanosamente algo de que agarrarnos, algo que de sentido a esa imagen confusa que debería de ser clara, que debería de no prestarse a interpretaciones, suponemos desde un principio que ese pedazo de papel contiene a la persona que creemos conocer muy bien, la vemos y la volvemos a ver, no encontramos nada conocido, ¿quién es ese?, ¿por qué debería yo de saberlo? Recordamos de pronto que nos ha sido mostrada la imagen para que expresemos nuestra opinión, no sobre el valor estético o técnico de la fotografía, no sobre lo que debería saltar a primera vista, sino sobre los valores de la persona fotografiada, sobre sus supuestas virtudes y defectos, en lo que debería ser un catálogo visual de la persona que nos interpela deberíamos de reconocer en cada gesto, en cada luz, en la actitud, en los objetos, en la composición a esa persona, al otro, al que me pregunta con este gesto de compartir, ¿me conoces, sabes quién soy, me crees?.

Bordamos como lectores o consumidores de ese autorretrato en el lugar común o en la banalidad de comentarios superfluos, “pero ese eres tú”, “exacto, así eres”, “esa no te la sabía”, “te creí diferente”…

En realidad del otro no sabemos nada, nosotros también hemos construido un personaje, el que nos conviene, el que queremos ver, el que forma parte de nuestro imaginario de vida, el que comparte roles en nuestra obra personal que llamamos vida; el círculo se cierra, el ciclo se completa, cada quién jugó su papel, cada quién representó su personaje y nosotros como autores de la foto quedamos satisfechos, misión cumplida, los engañé engañándome, me ven como yo quiero que me vean, me piensan como me pienso yo, nos llenamos de certezas para paliar un poco las dudas que nos acechan en cada rincón de la imagen, respiramos satisfechos pensando “nos conocemos” o “nos acabamos de conocer”, pocas veces nos atrevemos a decir “te desconozco por completo desde hace años”.

Pero el acto fotográfico que implica el auto fotografiarse es en sí un evento lleno de significados, nuestra relación con la herramienta, con la cámara, se transforma, nuestra mirada ve de manera diferente al no buscar reconocerse en el otro como sujeto fotográfico, sino que busca construirse en los otros que habitan dentro de mí, ¿cuál de todos mostraré?, ¿con cuál me identifico más?, ¿cuál de los roles distintos que a diario desempeño ahora pondré en juego?

Quien diga que tiene una personalidad definida, entendida ésta como un monolito con bordes exactos y dimensiones precisas, hecho de una sola pieza sin fisuras y de un material indeformable, debería de preocuparse, somos seres vivos en permanente estado de transformación, de decadencia dirían algunos, de aprendizaje dirían los contrarios, somos seres movidos por las pasiones y los caprichos, alimentados por la información y por nuestro entorno, producto de contextos políticos, religiosos, filosóficos, culturales y tecnológicos que determinan y moldean nuestra vida, pocas veces somos el mismo, tenemos desde luego costumbres, actitudes y tics que se repiten y que definimos como personalidad, el autorretrato nos ayuda a reunir los pedazos, a construir el rompecabezas de nuestras vidas, a darnos la certeza de que no sabemos nada, a generas espacios que detonen contenidos y reconstruyan nuestra historia, por lo menos lo que sabemos de ella, lo que recordamos, la que nos platicaron, la que sabemos que existió pero no la tenemos fija en la memoria, pero sobre todo, la que hemos visto en fotografías del álbum familiar, sabemos que ese soy yo e hice tal o cual cosa porque hay una foto que comprueba que sucedió, hay una foto que testifica que eso es parte de mi historia.

El auto retrato es una eficaz herramienta que nos sirve para construir de mejor manera nuestro personaje, que nos sirve para ordenar la historia que queremos contar y dar el sentido narrativo que suponemos dará trascendencia a nuestras vidas, el autorretrato es una forma de interactuar, de comunicarnos, de mostrarnos al ocultar, de participar en un rito social y sobre todo personal, de decir: aquí estoy y existo, este soy yo.

Socialmente suponemos que si alguien se “atrevió” a contarnos su historia es porque es cierto, porque así sucedieron las cosas, nos olvidamos que la memoria construye y reconstruye, corrige y modifica, borra y elimina, vamos, edita el guión, resulta mucho más claro cuando Gabriel García Márquez dice, “la historia verdadera no es la que sucedió, es la que recordamos y mejor aún la que contamos”, en Italia se tiene una frase contundente al respecto, “si no fue cierto, valdría la pena que lo hubiera sido”.

Con la fotografía de nosotros mismos estamos haciendo justo eso.

Francisco Mata Rosas
México DF

Docente investigador de tiempo completo en la Universidad Autónoma Metropolitana – Cuajimalpa. Maestro en Artes Visuales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México, desde el año 2000. Ha participado en más de 150 muestras colectivas y 80 individuales en 51 países: Alemania, Argentina, Argelia, Bangladesh, Bélgica, Belice, Bolivia, Bosnia, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, China, Ecuador, Escocia, Eslovaquia, España, Estados Unidos, El Salvador, México, Etiopia, Francia, Guatemala, Honduras, Holanda, Hungría, Inglaterra, Italia, Jamaica, Japón, Kenya, Líbano, Libia, Marruecos, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Rumania, Rusia, Santa Lucía, Serbia, Sudáfrica, Ucrania, Uruguay y Venezuela.
Es autor de los libros:
América Profunda, 1992.
Sábado de Gloria, 1994.
Litorales, 2000.
México Tenochtitlan, 2005.
Tepito, ¡bravo el barrio!, 2007.
Arca de Noé. 2009 (libro objeto).
Arca de Noé.2012
¡Un viaje! 2011.
La línea, 2011 (libro objeto).
Ha participado como Conferencista, Jurado, Curador, Comisario, Tutor o Tallerista en los principales encuentros de fotografía de, Argentina, Cuba, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra y México.

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