Paz o noticia: cuando la calma inquieta

Por Rodrigo Alcon Quintanilha

Los sismos ya habían azotado a Haití cuando Worldpress divulgaba los ganadores de este año. Entre ellos figuraba el nombre de Walter Astrada, fotógrafo argentino. Sinceramente, ya estaba cansado de que todos los medios no hicieran otra cosa que hablar de lo sucedido en Haití y de cuanto tardaría en remontar el país y de los artistas que harían conciertos a beneficio y alertando sobre posibles nuevos sismos… El periodismo mundial se amontonaba entre personas mutiladas y sufrientes para informar exactamente lo mismo que sus demás colegas mientras otros Haitís estaban a punto de colapsar y ninguno de dichos medios de alcance masivo informaba sobre ellos. Sigo pensando que en lugar de mostrar los resultados de una tragedia, parte de dicho periodismo podría ocuparse de anticiparse a lo trágico e informar lo precario que es un país y adelantarse al desastre inminente. Así, en lugar de movilizar ayuda a los damnificados, el llamado “quinto poder” podría interpelar al público a exigir medidas que eviten catástrofes a quienes correspondan. Podría nombrar otros casos similares a los de Haití, a saber, Nueva Orleans, Tartagal y los pueblos costeros chilenos, más recientemente… La voz del periodismo “preventivo” pareciera estar destinado al susurro de los periodistas (realmente) independientes…

Walter ganó el primer puesto de la categoría Stories. Las fotografías que integran esta serie fueron realizadas durante un tiroteo en Madagascar entre el ejército y manifestantes magaches. Como ya es costumbre, en este tipo de fotografía se puede observar cadáveres -por supuesto-, gentes alcanzadas por tiros bañadas en sangre, bombas estallando dentro del encuadre, miradas descorazonadoras hacia la cámara… En fin, retomando el título de un texto de John Berger, son fotografías de la agonía1:

“Las fotografías (…) recogen momentos de agonía súbita: un terror, una herida, una muerte, un llanto de dolor. Estos momentos son, en realidad, totalmente discontinuos en relación con el tiempo normal. Es el conocimiento de que tales momentos son probables y la anticipación de los mismos, lo que hace que en la línea del frente ‘el tiempo’ sea diferente de todas las demás experiencias temporales. La cámara que aísla un momento de agonía no lo hace con más violencia que la que entraña la experiencia de ese momento aislada en si misma. La palabra disparador, aplicada a un rifle o a una cámara, refleja una correspondencia que no se detiene en lo puramente mecánico. La imagen tomada por la cámara es doblemente violenta, y ambas violencias refuerzan el mismo contraste entre el momento fotografiado y los demás.”

Como bien observa John Berger en el texto mencionado anteriormente, dichas fotografías, son doblemente violentas: por un lado, son resultado de escenas violentas. Pero, por el otro lado, los contempladores de dichas fotografías no tenemos decisión sobre ellas:
“El enfrentamiento con un momento de agonía fotografiado puede enmascarar otro enfrentamiento mucho más amplio y urgente. Por lo general las guerras que se nos muestran se están llevando a cabo en “nuestro nombre”. Y lo que nos enseñan de ellas nos horroriza. El siguiente paso debería ser el enfrentarnos con nuestra falta de libertad política. En los sistemas políticos en los que se dan, se nos ofrece la oportunidad legal de influir de manera decisiva en la dirección de unas guerras libradas en nuestro nombre. Darse cuenta de esto y actuar en consecuencia es el único modo eficaz de responder a lo que muestra la fotografía. Sin embargo, la doble violencia del momento fotografiado funciona de hecho contra esta toma de conciencia. Por eso se pueden publicar con toda impunidad.”
El punto es que, cuando observaba los premios del World Press 2010, ya había superado la polémica que encierra la práctica de este tipo de fotoperiodismo. Había aceptado el trabajo del fotoperiodista como uno más y admitía que el mundo podía enterarse de ciertas cuestiones gracias a ellas… Asimismo, vale la pena citar las palabras de John Berger sobre las fotografías de guerra:
“Por lo general se supone que su objetivo es despertar la preocupación del espectador. (…) Muestran momentos de agonía a fin de provocar un máximo de inquietud. Tales momentos, ya estén fotografiados o no, son discontinuos con respecto a los demás. Existen por sí mismos. Pero el espectador que ha quedado atrapado por la fotografía se inclinará a ver esta discontinuidad en términos de su propia inadecuación moral. Y en cuanto sucede esto incluso su sentimiento de terror se dispersa: su inadecuación moral pasará ahora a aterrarlo tanto como los crímenes que se están cometiendo en la guerra. Y o bien se encoje de hombros quitándole importancia a un sentimiento que ya le resulta familiar, o bien piensa en cumplir una suerte de penitencia: el ejemplo más puro de este tipo de autocastigo sería el hacer ciertas contribuciones a organismos como Unicef.”2

Sin embargo, investigando un poco más sobre la experiencia del fotógrafo argentino en Madagascar, me encuentro con una nueva vuelta de tuerca en el siguiente testimonio del propio Astrada para una página española especalizada en fotografía:

“El 7 de febrero de este mismo año, mientras me encontraba en el Congo cubriendo la entrada de las tropas de Ruanda, saltó la noticia en Antananarivo, la capital de Madagascar: el alcalde, Andry Rajoelina, había llamado a la movilización contra el presidente Marc Ravalomanana, y durante las manifestaciones quemaron algunos negocios que le pertenecían. Desde [la agencia] AFP me preguntaron si podía ir, pero era arriesgado dejar lo que estaba cubriendo por una noticia que, en realidad, no sabíamos cómo podría evolucionar. Finalmente, decidieron que debía dejar el Congo para viajar a la isla del Índico. Al llegar, dominaba una calma que preocupaba. Se veía que no había noticia y los corresponsales de otras agencias se iban marchando. El redactor y yo decidimos quedarnos hasta la manifestación convocada para aquel sábado.“3

Una vez desatado el enfrentamiento armado, Walter Astrada realizó sus fotos, técnicamente (en términos de encuadre y profundidad de campo) impecables -he de confesarlo. Pero lo que indigna de sus palabras es que lo que le preocupaba era la calma que dominaba… Vinculando esto con la catástrofe en Haití, uno podría pensar que una nota sobre la precariedad de las casas en Haití, o en Tartagal o en Nueva Orleans o en los pueblos costeros de Chile -todos ellos hogares de las personas más humildes- no vende tanto como las ruinas y los destrozos que de ellas resultarían luego de una catástrofe de orden natural como un huracán o un terremoto… Si dichos medios destinaran los mismos esfuerzos que destinan a cubrir un desastre a informar sobre la precariedad de un pueblo y los riesgos que eso implica, los daños, tal vez, podrían llegar a evitarse por la misma labor periodística que, en su lugar (más efectivo y sencillo) se encarga de cubrir lo ya inevitable, mostrando imágenes resultantes de la catástrofe o relatando las crónicas del desastre… En este punto, quizás, habría que reflexionar sobre la palabra ‘noticia’: ¿puede ser noticia una alerta? ¿O -como explícitamente nos revela Walter Astrada- la (búsqueda de) calma no puede ser noticia?

1 John Berger, “Fotografías de la agonía”, Mirar, Ediciones de la Flor, 2005.

2 Ibid nota 1.

3 http://www.quesabesde.com/noticias/walter-astrada-antananarivo-con-texto-fotografico,1_5407

Rodrigo Alcon Quintanilha
Brasil

FORMACIÓN
Fotógrafo profesional. Escuela Argentina de Fotografía, 2010.
Licenciatura en Artes. Universidad de Buenos Aires.
Seminario “Fotografía y Arte Contemporáneo” dictado por Valeria González, 2012.
Simposio “Los lenguajes itinerantes de la fotografía”, organizado por la Universidad de Princeton en colaboración con la Universidad Torcuato Di Tella, 2012.
Primer Simposio Internacional – Fotografía en América, Norte y Sur: perspectivas comparadas, organizado por la Maestría en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano del IDES-UNSAM, 2012.
STATEMENT
Inserto en un mercado productor tanto de las imágenes como de sus consumidores, la experimentación en la práctica fotográfica desde la formación de la imagen, es el ámbito elegido por mí para la crítica del propio acto fotográfico. Crítica de la imagen a través la imagen, mi obra se compone desde fotografías (producidas con o sin cámara), objetos fotográficos tridimensionales y no reproducibles, imágenes apropiadas hasta contenidos audiovisuales.
Jugando con las palabras de Bourriaud, concibo al fotógrafo como un “operador de sentidos, más que un ‘creador’ puro”. Pienso las fotografías como textos donde se producen nuevos significados, como espacios donde interactúan los signos entre sí y con el receptor: se escriben con luz, se leen como “obras”.
Nací en Rio de Janeiro y actualmente resido en Buenos Aires. Luego de varios años cursando la carrera de Letras (UBA), decido abandonarla para dedicarme a la Fotografía (EAF) y a Artes (UBA).

Comentarios