Memoria de imaginarios individuales

Por Natalia Pescador

La fotografía se encuentra en el erróneo concepto de espejo de la realidad. A partir de su nacimiento en la contemporaneidad del positivismo, quedó marcada por ser la representación visual más cercana a la realidad que percibe el hombre, y desde entonces, ninguna técnica la ha desbancado. Se le ha considerado a lo largo de la historia como la técnica de la memoria colectiva. El hombre en cuanto pudo mantener el registro de su paso por la Tierra y dejar un legado visual a sus sucesores sobre su vida se dedicó a crear lo que llama memoria colectiva, la cual va muy de la mano del inherente temor humano a la muerte y al olvido.

Y entonces la fotografía se dedico a registrar. Nada más. Sin proceso racional, sin intención más allá. El registro por el registro. Los fotógrafos también tenían esa intención exclusiva. La combinación de técnica fotográfica con análisis de la situación era todo su proceso visual.

Este camino de la fotografía perduró desde su nacimiento hasta el boom de las técnicas digitales y el abaratamiento de la misma desembocada en alta disponibilidad y demanda del mercado. Ahora en la híper producción de imagen, cada 2 minutos se fotografía el equivalente a todo lo fotografiado en el siglo XIX. Esta sobreproducción de imagen ha cambiado (y seguirá cambiando) la manera en que percibimos al mundo, y a lo que me atañe, la manera en que los fotógrafos nos percibimos a nosotros mismos.

Por experiencia, podría decir que el 50% de los profesionales de la fotografía siguen el camino de la fotografía del registro (llamémosla así) y el otro 50% sigue un camino más enfocado a triangular los conceptos de registro, documento y arte. Siendo el segundo, en mi opinión, un camino más interesante. Una abstracción de realidades individuales que parten del imaginario.

Ahora, la llamada memoria colectiva, ¿en realidad lo es? ¿La fotografía realmente capta la realidad y por lo tanto funge como memoria fidedigna? ¿O es realmente la memoria del imaginario social?

Circulan por redes sociales infinidad de infografías que delatan la “mentira” de la fotografía. Los programas de revelado y edición fotográfica han hecho dudar al fin al espectador sobre si lo que se muestra en una fotografía es real o no. Pero, dejando de lado casos como las personas borradas de las fotografías de Adolf Hitler, la fotografía nunca ha sido memoria colectiva, sino memoria del imaginario social. Por una sencilla razón, el fotógrafo decide qué, cómo y cuándo fotografiar, dándo una intencionalidad comunicativa que se sale de la realidad per se y se convierte en una abstracción de intenciones y deseos.

Sobre el imaginario visual, Miguel Rojas Mix dice: “el término imaginario alude a un mundo, una cultura y una inteligencia visual que se presentan como un conjunto de íconos físicos o virtuales que se difunden a través de una diversidad de medios e interactúan con las representaciones mentales”. También se refiere a él como “… encadenamiento de imágenes con vinculo temático o problemático recibidas a través de diversos medios audiovisuales, que el individuo interioriza como referente o el estudioso reconoce como conjunto”. La creación de imágenes como representaciones mentales de “realidades”, ideologías o paradigmas con el fin de legitimarlas visualmente y crear reconocimiento en el espectador.

Y, ¿esto qué significa a los fotógrafos? ¿Qué podemos hacer con la incesante creación de memorias colectivas que no dependen de los profesionales de la fotografía? Quisiera hablar sobre una fotógrafa cuyo trabajo me parece precisamente sobre el imaginario visual, su acto como memoria y lo que significa a nivel colectivo.

Brooke Shaden es una joven fotógrafa estadounidense cuya obra parte de su memoria del imaginario llevado al campo visual. Representaciones visuales de su propia identificación como persona que al ser observadas por los espectadores crean identificaciones o rechazos en su ausencia. Ella trabaja en el campo del arte jugando con documentación de locaciones creando imaginarios individuales.

El concepto de imaginario individual y social fotográfico en vez de fotografía del registro llevan a los fotógrafos a una reinvención de la profesión y reinterpretación de la fotografía en términos contemporáneos. Si el fotógrafo ha sido desplazado de la fotografía del registro, y la fotografía en sí perdido su esencia de “espejo de la realidad”, ¿podría llegar a ser nuestra memoria colectiva de imaginarios individuales?

Natalia Pescador
México DF

Nací en la Ciudad de México en 1991. Tomé diplomados de fotografía análoga en Laboratorio Mexicano de Imagen, estudié Diseño Gráfico en la Universidad La Salle y concluí la Licenciatura en Fotografía en el Centro Universitario de Comunicación. He laborado como reportera gráfica, productora fotográfica y reportera independiente. Actualmente desarrollo proyectos autorales/documentales sobre realidades mexicanas.

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